El mismo día que Lehman Brothers se declaraba
en quiebra, Damien Hirst batía en Sotheby's todos los records
de cotización del mercado de arte contemporáneo. Desde
Muack nos hablan de esta y otras situaciones que retratan la frágil
línea que separa arte y especulación.
Junto a Bowling Green Park, a pocos metros de Wall Street, se
erige orgullosa la figura de un enorme toro dorado. Es The
Charging Bull,
una escultura de bronce de 3200 kg. de peso, que el artista Arturo Di
Modica depositó en este lugar en 1989, justo cuando la crisis
bursátil del 87 empezaba a parecer definitivamente superada.
The Charging Bull simbolizaba entonces los orgullosos valores del mercado.
Determinación, energía, liderazgo, fuerza y… virilidad.
De hecho, el toro de Wall Street presenta tal empuje hacia adelante,
que sólo el contrapeso del enorme saco escrotal que cuelga entre
sus patas, evita que estampe su hocico contra el suelo. A finales de
los 80, los enormes testículos dorados de The Charging Bull se
convirtieron en el centro de gravedad del capitalismo mundiaL.
The
Charging Bull se erigió apenas un mes después de
la caída del Muro de Berlín. Corrían días
de optimismo y entusiasmo para las economías occidentales,
en los que Gorbachev se reunía con los líderes neocon
con la mancha de la vergüenza escrita en la calva y Fukuyama anunciaba
al mundo el Fin
de la Historia. La Guerra Fría
se había ganado y sólo restaba sentarse a administrar el
botín.
Cada mañana, cientos de brokers camino del
trabajo, echaban una mirada al becerro de oro y, orgullosos, sentían
un tibio calor en la entrepierna. Los más afortunados, desde sus
limousinas negras, percibían su fugaz reflejo dorado a través
de los cristales tintados. La furia de The Charging Bull era su propia
furia. Su determinación era la que les llevaba a conquistar un
mundo definitivamente rendido a sus pies.
Hoy no queda nada de todo aquello. The Charging Bull continúa
embistiendo al mundo, pero ya nadie le toma en serio. Turistas de todo
el mundo se fotografían tocándole las pelotas, confiados
en que les dará buena suerte. Su mirada furiosa, ya sólo
refleja brutalidad. Una estéril exhibición de fuerza descontrolada
e inútil… Tras su apariencia terrible, el becerro de testículos
dorados resultó ser tan solo la gallina de los huevos de oro.
LA
MALDICIÓN DE DAMIEN
El
mismo día que Lehman Brothers se declaraba en quiebra, Damien
Hirst batía en Sotheby's el
récord de ventas
del mercado de arte contemporáneo. En los informativos de
televisión de aquel día de septiembre, las imágenes
de los empleados de Lehman Brothers marchándose a casa con
sus trastos metidos en una caja de cartón, compartían
espacio con los tanques de formol llenos de despojos de Hirst.
La subasta de Damien Hirst en Sotheby’s marcó un hito
en la comercialización del arte contemporáneo. Por
primera vez, se subastaba la obra reciente de un artista, 223 piezas,
sin la mediación de ningún intermediario ni galerista. "Si
alguien hace dinero, que sea el artista" declaró Hirst
al presentar su iniciativa. Poco importa que más tarde se
descubriera que su galerista había inflado la subasta. A pesar
de la crisis, o quizás gracias a ella, su resultado superó todos
los pronósticos. Damien Hirst se embolsó aquel día
140 millones de euros.
La obra más importante de la subasta era The
Golden Calf,
un ternero charolés de 18 meses sumergido en una urna de formol
colocada sobre un pedestal de mármol de Carrara. La testuz
del animal está coronada por un disco de oro macizo de 18
kilates. Las pezuñas, los cuernos y la propia urna también
son de oro. Los medios mostraron la pieza desde todos los ángulos
posibles, pero hoy, en la web
de Sotheby's, la imagen del becerro
no está disponible para preservar los derechos de autor de
Hirst.
Quizás deslumbrados por el brillo del oro
o simplemente distraídos por la puesta en escena de Hirst, los
medios de comunicación apenas prestaron atención a la propia
pieza. Se habló mucho acerca de la subasta, del desorbitado precio
de los lotes e incluso de si un animal disecado podía considerarse
como objeto artístico, pero muy pocos repararon en su significado.
Es comprensible. Sin embargo, más allá del dinero y de
sus cualidades artísticas (... o de la ausencia de ellas), vale
la pena detenerse en la historia del Becerro
de Oro. De hecho, se trata
de una narración fundamental para entender nuestro modo de relacionarnos
con las imágenes.
Según el Éxodo,
los judíos, en su travesía
por el desierto, decidieron construir una deidad que les guiara y sirviera
de consuelo. Aaron fue el encargado de fundir en oro la figura de un
becerro al que el pueblo comenzó a rendir culto y ofrecer sacrificios.
Cuando Jehová reparó en ello, decidió castigar la
idolatría de su pueblo. Sólo la intervención de
Moisés, que previamente había destruido la figura, logró aplacar
la ira divina. Desde entonces, el Becerro de Oro simboliza la idolatría,
el materialismo y la avaricia. De hecho, se le considera como una de
las representaciones del diablo. Su influencia, a través de las
continuas querellas sobre la conveniencia o no de venerar las imágenes,
ha sembrado la Historia de cadáveres, tiñendo de sangre
nuestro modo de entender la representación.
El Becerro de Oro nos permite entender mejor el papel que desempeñan
las imágenes en nuestra cultura. Convertidas con frecuencia en
símbolos de poder, perseguidas y adoradas con vehemencia durante
siglos, las imágenes que nos rodean son herederas de aquel becerro
fundido en el desierto.
Cuando hace unos años los talibanes hicieron saltar por los aires
las figuras de los Budas de Bamiyan por considerarlos una muestra de
idolatría, cuando los marines norteamericanos derribaron con sogas
la estatua de Sadam
en Bagdad, cuando se queman públicamente retratos
de la Familia
Real e incluso cuando se persigue
y juzga a quienes lo
hacen, estamos asistiendo a manifestaciones de ira iconoclasta muy similares
a la que llevó a Moisés a destruir el Becerro de Oro.
Ahora, como entonces, las imágenes son el soporte simbólico
sobre el que proyectamos nuestros deseos y nuestros temores. Hirst, consciente
de ello, recupera la figura del Becerro maldito y nosotros, como aquellos
judíos que en mitad del desierto se sentían abandonados
por su dios, veneramos su figura, legitimada por el mercado y por unos
cuantos millones de euros.
EL
RETORNO DE DAMIEN
Ya se sabe, las segundas partes nunca fueron buenas. Por lo general,
sólo tratan de explotar económicamente lo que quizás
un día fue una buena historia. Algo así parece ocurrirle
a Damien. Después de forrarse en plena crisis y llenar las pantallas
del mundo entero con sus vísceras, sus calaveras y su particular
retrato del diablo (o lo que quiera que sea), Damien Hirst sigue reclamando
protagonismo mediático y sobre todo… dinero.
Desde la famosa subasta, Hirst ha participado en la exposición
Statuephilia, llenando varias estanterías del British Museum con
calaveras
de colores. Sin embargo, en esta ocasión, el protagonismo
mediático ha recaído en Siren, el retrato que Marc
Quinn ha realizado de Kate Moss con 50
kg. de oro macizo. Hirst también
ha estampado con calaveras y drippings una edición limitada de
pantalones y camisetas Levi's 501. Pero ni siquiera viendo sus cráneos
plantados en las posaderas de la muchachada mundial se da por satisfecho.
Su última aparición en los medios ha sido con motivo del
despido de 20 trabajadores de Science LTD, la empresa de su propiedad
que se encarga de la fabricación de sus piezas. Se trata de la
mitad de la plantilla de sus talleres londinenses. Cada uno de ellos
tenía un salario de unos 22.000 euros al año.
Como cualquier otro fabricante de productos de lujo a gran escala, Hirst
ha considerado necesario recortar su producción, quién
sabe si para evitar la saturación del mercado en estos momentos
de crisis. Pueda que un próximo paso sea trasladar la fabricación
de sus piezas a China, como hicieron en su momento Von
Hagens y otros
amantes del arte visceral… Corren malos tiempos para la lírica,
además de para las finanzas. Consolémonos recordando las
palabras de la Bruja
Avería: “Viva el mal, viva el capital”.
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