EVERE: VIAJE A TUMBA ABIERTA

Evere es uno de los 19 municipios que conglomeran la ciudad de Bruselas, la autodenominada capital de Europa. Si por malsana curiosidad mira usted el mapa de la ciudad, verá que está situado exactamente in the middle of nowhevere. La ausencia total de cualquier tipo de atractivo, sumada a la omnipresencia de rincones siniestros, vistas espeluznantes y calles deprimentes coloca este inquietante municipio europeo a la cabeza de lista de los destinos tristes. Y es que desde que, por razones que a todos alcanzan, cerraron el célebre Museo de la Endivia (ver fotografía), este barrio ha perdido mucho. Sí, sí, una pena. Todavía puede verse la Maison Geuzenberg, la pequeña granja del siglo XIX resistente a los embates del penoso urbanismo belga del siglo XX, que albergaba esa joya museística para deshauciados por la psiquiatría que era Musée de la Witloof (de wit, blanco, y loof, hoja, mire usted por dónde ya sabe algo de flamenco).







Este vegetal, tan típicamente belga como los pitufos o los gofres, es orgullo y prez de los habitantes de este municipio. Y es que las endivias les parecen interesantísimas. Por incomprensible que parezca, el Museo estaba dedicado a explicar con mimo a los inexistentes visitantes cómo, en el siglo XIX, alguien enterró las raíces de una achicoria silvestre en el Jardín Botánico de Bruselas y al poco descubrió que había salido una cosa a la que llamó endivia para envidia y pasmo del mundo entero. Permítanme los viajeros descarriados que leen esta guía glosar a título personal que las virtudes de la endivia tampoco dan para tanto. De hecho, somos varios los que creemos que mejor estaríamos si la endivia fuera piña… Pero el caso es que en el restaurante del desaparecido museo se podía degustar gratinada, envuelta en una loncha de jamón recocido y cubierta de una salsorra blanquecina de innombrable parecido, o bien a la brasa, así, confitada, recetas éstas que a algunos nativos les parecían “des petites merveilles de gourmandise”, según copio textualmente de una guía gastronómica local. Oiga, cada uno sus vicios, pero avisados están de que esto es zona endémica de endivia.

Por orden de importancia, después de la endivia, hay que hablar de la OTAN, que tiene su sede precisamente aquí, aunque ya en zona periférica. Los militares no llegan a adentrarse en el Evere urbano y concluidas sus reuniones de las salas de conferencia se vuelven directamente al aeropuerto. Ninguna escuela militar del mundo podría prepararles para soportar la experiencia de penetrar en este agujero negro del espacio europeo así sin tanquetas ni nada.







Aun clausurado por motivos ignotos el buque insignia de la oferta museística de Evere, hay que reconocer a este barrio en avanzado estado de descomposición el dudoso mérito de reunir en su perímetro nada menos que cuatro cementerios. Por eso, los más chuscos de sus habituales le han apodado Cadavère. Si va usted por la Avenue du Cimentière de Bruxelles, al fondo divisará efectivamente el Cementerio de Bruselas, que nadie se llame a engaño. Justo al lado se yergue pacífico el Cementerio de Schaerbeek. Entre los dos, más menudo, se encuentra el Cementerio de Evere y, un poco más a desmano pero por allí cerca, coja la Avenue de la Béatitude sin entrar por la Avenue de la Quiétude, cruce la Avenue de l’Optimisme dejando a sus espaldas la Avenue des Désirs, y ya entonces por ahí pregunte por el Cementerio de Saint Josse. Cómo este municipio atrae de esta manera a tantísimos difuntos - que en gloria estén - es algo que no deja de sorprender incluso a los menos curiosos de los observadores imparciales. Está claro que los muertos aquí están la mar de bien o, al menos, no se han recibido quejas. La ventaja de vivir aquí es que el tránsito de este al otro barrio se realiza de manera imperceptible.

Otra cosa que fastidia de Evere es que es zona natural de aprendizaje de conductores de todo tipo de vehículos. Sieeeeeeeeeeempre tiene usted un coche delante a 10 por hora que va justo hasta donde va usted. Si es un camión pues saque el crucigrama y eso que tendrá adelantado. También circulan bastantes coches funerarios, que siempre alegran el alma. Algo que también anima mucho son las anuales Crêpes dansantes, organizadas por el municipio. Sí, como lo leen, crêpe, de crêpe, y dansante de que hay baile, una oferta de ocio exclusivamente belga. Si quiere ver a los decrépitos habitantes dándose al crêpe y al baile a la par, no deje de acudir. Deben ser la bomba, porque ya van por la XXV edición.







No cruce el puente del ferrocarril: sale usted entonces del Evere turístico y, créame, no está preparado. Si se asoma al paisaje de las vías ya verá con qué rapidez se despierta la Anna Karenina que todos llevamos dentro.

Por si le faltaban encantos, el clima en Evere no es bueno. Sus bajas temperaturas le han ganado otro sobrenombre: Nevere. De todos modos, cuando la nieve oculta la cutrez bajo su capa que todo lo tapa, y los esqueléticos árboles amanecen congelados desde las raíces hasta las puntas en uno de esos raros días transparentes y soleados, Evere adquiere un punto fantasmagórico de irrealidad que sorprende gratamente incluso a sus más maniáticos detractores. Pero ese espejismo producido por el fenómeno solar en conjunción con sus antidepresivos habituales no ocurre a menudo, así que, si es por verlo, no hace falta que venga.

Las compras en Evere, no lo niego, son posibles. Aunque desde que cerraron la oficina de correos la oferta de shopping ha empeorado bastante, de hecho hay un par de supermercados bien surtidos donde van a pasar el día los viejecitos locales para ahorrarse la calefacción. Se les suele ver cruzar de uno a otro, arrastrando su carrito de la compra o una bolsa de plástico amortizadísima, con esos sombreros de cuadros y esas gabardinas precámbricas, avanzando despacito por las aceras reventadas o esperando el autobús como si fueran a alguna parte. Algunos están vivos, otros son claramente zombis.







En un esfuerzo por ser objetivo sólo comparable al del celibato, el autor no puede sino señalar que este barrio tiene algo bueno, positivo, incluso magnífico: está al lado del aeropuerto de Zaventem. Un momentín en coche o en autobús y podrá dejar Evere para siempre.

¿ Por qué, entonces, si tan feo es, no se procede a bombardear la zona y a acordonar el cráter resultante como parece lógico? ¿Por qué no aprovechar la cercana y ociosa infraestructura de la OTAN y acabar con esto de una vez por todas? Pues hay varias razones fundamentales: una es que Evere es el único cuarto de las ratas al aire libre del mundo. Otra es de tipo logístico: el bombardeo destrozaría la vía de salida hacia el aeropuerto. Pero la razón principal es de alta política: no lo vayan a comentar, pero varios de sus edificios menos emblemáticos albergan una parte del gigantesco servicio de traducción de la Comisión Europea, recientemente deportado a este páramo inmobiliario por algo que habrá hecho en una vida anterior. La otra parte, y esto ya no tiene ni pizca de gracia, se encuentra al otro lado de las Ardenas: en Luxemburgo.

Recuerden que Milan Kundera, que tanto sabe de estas cosas, dijo una vez que “Europa se está construyendo gracias a los traductores”. Si se dinamitara la zona, desaparecería con ella el mayor servicio de traducción del planeta y la construcción europea, ese logro de la humanidad que le permite viajar sin pasaporte o irse de juerga un año con una beca Erasmus, quedaría, por tanto estancada for evere and evere.

Guía de Evere redactada por Willy Fog.




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