GINEBRA SIN TONICA

¿Ginebra? ¡Preciosa ciudad!, dice la gente a lo loco, sin distinguir el bien del mal. ¿Los suizos? ¡Adelantadísimos!, repiten como loros. Alto ahí: precisemos ambos extremos: en cuanto al adelanto, y a pesar de toda su tecnología punta, lo cierto es que los suizos son muy antiguos: no tienen euros, controlan los pasaportes porque no quieren ser de la Unión Europea, mantienen el secreto bancario y fabrican queso con agujeros, constataciones de las cabe inferir que para muchas cosas todavía están en la época de Heidi o incluso en la de su abuelito.

En cuanto a la preciosa ciudad hay que matizar bastante: precioso es un pequeño barrio de Ginebra, el llamado Cité, delante del lago Léman y su chorrada. Los demás barrios, el universitario Plainpalais, el supuestamente alternativo Les Grottes, el étnico Les Pâquis u otros, sólo son para viajeros con medicación antidepresiva y sin tendencias suicidas. Pero, ¿por qué? insistirán los incrédulos, ¡si es una de las capitales más seguras del mundo! Eso se lo concedo, y así queda probada mi objetividad: fuera de Cité, al no haber por la calle ni una, pero ni una sola de las 440.000 almas que habitan Ginebra, no hay atracadores, y al no haber tráfico, tampoco hay peligro de colisiones ni atropellos. Aun así, recuerde el luctuoso asesinato de Sissi. Es curioso que, a pesar de que casi la mitad de la población es extranjera, a todos se les ha pegado la sosez de los suizos y no al revés. Y es que por muchas millas que tenga acumuladas en su tarjeta aérea, el viajero quedará pasmado al ver que, en pleno día y en pleno centro, por ejemplo, alrededor de la universidad Unimail, pueden pasar un par de minutos de reloj suizo sin que pase un coche. Espeluznante, estoy con usted. El visitante alarmado baraja mentalmente posibles explicaciones: ¿es fiesta hoy?, ¿hay toque de queda?, ¿ha caído una bomba de hidrógeno?, ¿he muerto y estoy en el purgatorio?, ¿están todos los habitantes de Ginebra en sus casas dándose a la misma? Aun siendo muy fundados estos temores, desde aquí quiero hacer un llamamiento a la serenidad del recién llegado: no pasa nada, es que Ginebra es así. Mi consejo para tener esa imagen urbana y capitalina pseudo real pero cuasi ideal de Ginebra que tiene el turista de tour organizado es que, salvo en los casos específicos aquí mencionados, no visiten nada fuera de Cité.





CITÉ

Cité es la única parte de Ginebra realmente inolvidable. Desde luego ningún viajero que la recorra podrá decir de ella “Cité visto no me acuerdo”. El lago Léman es mundialmente famoso por su chorro de 130 metros de altura. Visible desde muchas calles por encima de los tejados, además de estético sirve para ubicarse y para crear frecuentes arcos iris, a veces a pares, gracias a las 7 toneladas de agua atomizada que flotan permanentemente en el aire. Aunque hoy este auténtico chorro del oro es el emblema de la ciudad, en origen no era más que un dispositivo de seguridad que regulaba la presión del agua los días festivos, cuando cesaba la actividad fabril y descendía el consumo de agua. Hay que decir que el lago se mantiene cristalino incluso en plena ciudad, por lo que propongo nos pongamos todos en pie ahora mismo y dediquemos una cerrada ovación a los suizos por este logro ecológico ejemplar. En temporada hay barcos que recorren el lago bordeado de mansiones y villas, entre ellas las de todos los dictadores africanos, con fotográficas vistas. Es una manera descansada de ver lo más bonito de Ginebra, pero ya sabe usted cómo son los demás turistas. Lo mejor es que algún amigo con lancha le dé una vuelta porque el paseo es de veras espectacular. Siempre hace gracia ver a algún insensato haciendo surf en pleno invierno.

En paralelo a la orilla del lago, ignore el inmerecidamente afamado reloj florido y acérquese a las principales calles comerciales, la rue du Rhône, más selecta, y la rue due Marché, más clase media, donde, además de animación callejera, puede encontrar todas las marcas de joyas, relojes, ropa y accesorios que son los auténticos puntales de la civilización occidental. Algunas guías turísticas pelotilleras dicen que hay “joyas para todos los bolsillos”, contradictio in terminis sólo aparente, ya que es cierto que en cualquier bolsillito cabe un brillante de un montón de quilates o un par de pendientes de australianas. De Zara a Hermès y de Swatch a Patek Phillips, la fashion victim tiene aquí shopping therapy para rato. Unos grandes almacenes recomendables son el Bon Génie, allí mismo. Sepan que a partir de un gasto de 400 francos por tienda, los no residentes puede recuperar el IVA suizo (7’6%) en contante y sonante. Si habla usted francés de Francia, sepa que los suizos francohablantes recurren con frecuencia a arcaísmos y helvecismos de los que el más interesante es Action, que significa rebajas.

Pero dejemos por aquí al comprador en serie estimulando responsablemente el crecimiento económico planetario y subamos hacia la ciudad medieval. En torno a la catedral de San Pedro, inspirada en los templos clásicos pero mucho menos grácil al estar encastrada en una pequeña plaza sin perspectiva, callejuelas de cuento se entrecruzan en bajadas y subidas donde le sorprenderán vistas de tejados con fondos de montañas realmente encantadoras. La Terrasse Agrippa-D’Aubignoné o la Place du Bourg-de-Four son especialmente recoletas y por las callecitas de l’Evêché, du Cloître o del Hôtel de Ville le parecerá que en cualquier momento se va a cruzar con Guillermo Tell o con un guardia suizo. La catedral, con una torre que está muy bien para hacer fotos panorámicas, fue despojada durante la Reforma de todas las obras de arte muebles y sus frescos se pintaron de blanco, así de iluminado era Calvino, aunque hay que agradecerle que no volara el edificio entero a lo talibán. Para los amantes del arte sólo quedan algunos curiosos capiteles medievales con motivos fantásticos nada católicos, como sirenas, harpías y quimeras, y la capilla funeraria gótica de los Macabeos, donde, en alusión a la liberación de las garras de la superstición vaticana puede leerse “Post tenebras, lux”, como si el calvinismo fuera la chispa de la vida.





CALVINO

No deja de ser curioso que este teólogo quemara a otro, el disidente español Miguel Servet, en una hoguera casualmente idéntica a las que encendía la oscurantista Inquisición. Este ubícuo reformador no es un personaje del pasado: “se nota, se siente, Calvino está presente” susurran las paredes. Cuando se estableció en 1541 en Ginebra en calidad de delegado de Dios, fundó una teocracia en la que su poder era omnímodo. Prohibió los espectáculos, los juegos de azar, el baile, las críticas al gobierno, las reuniones familiares de más de veinte personas, el lujo (con lo bueno que es), la blasfemia y las cogorzas. Además, y a diferencia de Lutero, suprimió la imaginería piadosa. No es de extrañar que con semejantes cortapisas no florecieran las artes escénicas, ni mucho menos las plásticas, por eso Calvino estuvo muy guasón cuando bautizó a la ciudad nada menos que como “la nueva Roma”.
En su descargo hay que decir que animaba a su gente a estudiar y que promovió la escolarización, por lo que las ciencias sí se desarrollaron. La influencia actual de este reformador sigue siendo clave para entender las especificidades del país. Así, el secreto bancario, cada vez peor visto fuera de Suiza, se justifica como la máxima expresión del respeto protestante por la privacidad. El hecho de que algunos famosos elijan Suiza para residir, no tiene que ver, noooooooo, con el atractivo régimen fiscal para las grandes fortunas, sino con la tranquilidad con que la discreta población les deja vivir. El floreciente sector bancario lo es porque Calvino animaba a los suyos a prosperar y legalizó la práctica de la usura, prohibida a los católicos. Las 5 “pes” (pulcritud, precisión, puntualidad, perfeccionismo y pragmatismo), con que se suele caricaturizar el carácter helvético, no son sino una plasmación de la idea de virtud de su reformador favorito. Este espíritu sigue palpable, por tanto estén preparados los más sensibles para un pequeño choque cultural. Procede citar aquí aquello que decían los griegos de que "el orden es el consuelo de los mediocres" (sepan los defensores de lo políticamente correcto que en esta guía se llama al pan, pan, y al Calvino, Calvino).

A la sombra de la catedral, los amantes de la Historia pueden visitar el Museo de la Reforma, orgullo y señera de la oferta museística de la ciudad, donde podrá adquirir de souvenir el busto de Calvino que siempre soñó, disponible en varios tamaños. Si el tema no le atrae, visítelo al menos por fuera: la Maison Mallet que acoge la colección es un bellísimo palacete burgués del s. XIX levantado en el lugar donde los ginebrinos votaron la adopción de la Reforma en 1536. Es el tipo de palacete que todos deberíamos tener si de verdad hubiera justicia en el mundo. Concebido con una finalidad pedagógica tan evidente como enternecedora dados los tiempos que corren, este museo incluye un juego de la oca de preguntas y respuestas que dan acceso al mismísimo paraíso. Si los ginebrinos estaban orgullosos de él, aún lo están más después de que fuera galardonado con el Premio del Museo 2007 del Consejo de Europa. Ah, no se deje el Muro de los Reformadores, en el Parc des Bastions, que impresiona mucho.





SALIR DE CITÉ

Ya están advertidos de los peligros siniestros a que se exponen si salen de Cité sin rumbo fijo. Cruzando el puente del Montblanc se llega a la rue du Montblanc desde donde, tras la ciudad, se puede contemplar, … ¡correcto! ¡el Montblanc!, sorpresas te da la vida. Si sigue un poco - verá que ya todo se pone más cutre - llega a la estación de tren Cornavin, y ahí delante puede tomar el tranvía 15 o el 13 para ir a Nations, parque gigantesco donde están la sede de la ONU y de todas las demás organizaciones internacionales. Visite por dentro el Palacio de las Naciones y podrá decir cuando salga en la tele “ahí he estado yo”. Los edificios más interesantes son el de la Organización de la Meteorología (OMM) y el de la Propiedad Intelectual (OMPI). A la vuelta, a los empollones de ciencias quizá les guste visitar la Villa Bartholoni, también llamada La Perle du Lac, que ahora acoge el Museo de Historia de las Ciencias, claro ejemplo de la villa que también todos deberíamos poseer en este mundo traidor. La responsabilidad por la supervisión del jardín incumbe a los ciudadanos, lo que significa que cualquiera puede echarle una bronca por arrancar flores o llevar al perro sin correa, otra muestra más del civismo calvinista que es realmente muy elevado. Pero lo verdaderamente excelso y superior es el dispositivo ciudadano caninette, un dispensador gratuito de bolsitas para recoger, eso, las caninitas o caninazas de los mejores amigos del hombre, que tienen el didáctico rótulo de “Merci et BRAVO!!!”. Y sí, la gente lo usa, porque esta ciudad está más limpia que muchas. Solo por eso vale la pena considerar la posibilidad de convertirse al calvinismo militante.
Si tiene tiempo puede visitar el pueblo de Gruyères, experiencia quesera inolvidable.





OCIO Y GASTRONOMIA

“Me duele la boca de deciros que el ocio es la madre de todos los vicios” repetía Calvino los domingos en su Auditorio. Por eso quizá la oferta de ocio no es comparable con la de otras capitales europeas. El principal atractivo es, por supuesto, el esquí y los deportes de montaña. Pero hay gente que vive en Ginebra y no esquía. Desconfíe automáticamente de esas personas: algo ocultan. Salvo que se sea funcionario internacional, millonario, estudiante de traducción o interpretación o esquiador, no hay motivos para vivir en Ginebra. Si aun así, le destinan allí, consuélese pensando que si el de lavadora le dice que irá a su casa a las 15h, antes de que el cuco haya cantado tres veces, sonará el timbre de la puerta. Otra cosa, no tan buena, es que, tanto para alquilar como para comprar, deberá presentar a la agencia inmobiliaria un apretado expediente personal con instancia, nómina, contrato de trabajo, declaración de la renta, currículum, libro de familia y hasta las notas de primaria si las tiene, y en anexo varias cartas de recomendación, así de rígida es la oferta de vivienda. Si a pesar de todo tiene que instalarse allí, he aquí algunas actividades que pueden ser de su interés. Por ejemplo, los concursos mundiales de perros pastor despertarán en usted emociones que desconocía. En el Centro de los Amigos del Reloj de Cuco, Rue Tempsquipasse, una bonita colección permanente de papiroflexia con figuritas de Heidi de todos los tamaños y colores hará las delicias de niños y mayores. En el Centre d'Études Muermasse, de la Fondation Quelcognasse, el profesor Massimo Sopore, del departamento de estudios ambientales de la Universidad de Lucerna, diserta periódicamente sobre los desafíos que plantea el diseño de sistemas de medición fiables del crecimiento de la hiedra. Con el tema “Polidependencia y ninfomanía: un escorzo del ama de casa suiza”, la sufragista y ensayista Apolínea de Cocca defiende en el Círculo de Autoescuelas del Cantón de Ginebra los valores femeninos transgresores que han hecho de Suiza el país de vanguardia alternativa en el que se inspiran las democracias escandinavas. Para terminar, la Asociación de Defensores del Abeto Azul convoca regularmente caceroladas silenciosas en todas las casas entre 7 y 7h05 para protestar por el calentamiento global. Si aun así se aburre, la culpa no es de Ginebra, sino suya por carecer de vida interior.

En cuanto a la gastronomía, hace ya tiempo que todo el mundo sabe que el chocolate belga es mucho mejor que el suizo, pero ellos insisten en seguir fabricando del suyo. Si va a un supermercado a aprovisionarse de tabletas para sus parientes, fíjese en el made in, que en esta época globalizada más de un despistado se ha llevado chocolate belga como souvenir de Ginebra. Lo de comer no está mal si le va la dieta helvética y de la Alta Saboya a base de cerdo, patatas, queso cocinado, mantequilla y nata. Si le hace ilusión probar una fondue no se prive, recuerde lo bien que lo pasaban Astérix y Obélix en Helvecia cada vez que se les perdía un trocito de pan. Al lado de la villa Bartholoni hay un restaurante también llamado La Perle du Lac, especializado en la preparación de la perca (perche) procedente del lago. Si no le gusta la comida, al menos podrá disfrutar de la vista. Otro restaurante posible es el Café Papon, en Cité, menos tocinero y mantequillero que la mayoría. Es incomprensible que teniendo de vecinos a italianos y franceses, estos chicos se hayan dejado influenciar tanto por los alemanes en temas de cocina. En fin.




SOUVENIRS (NO KITSCH)

En este difícil apartado, puedo recomendarle varias cosas: para los de su oficina el Toblerone de 4,5 kilos; la navajita suiza de colorines como rosa chicle o verde fosfo para su cuñada; el peluche San Bernardo para su sobrino y el busto de Calvino para el apartamento de la playa. Es increíble que a nadie se le haya ocurrido todavía fabricar relojes de cuco de pulsera. También están admitidos los llaveros o accesorios de Schweppes. Sabrán que la tónica fue un invento del joyero ginebrino Schweppe, que ya en 1783 se dio cuenta de que a la ginebra le iría bien algo de tónica. Algo ha debido fallar, porque, a pesar de la genialidad del invento, más de dos siglos después, a Ginebra le sigue faltando mucha, pero que mucha tónica.

Guía ginebrera redactada por Willy Fog.



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