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PRESENTACIÓN
¿Quién
no ha oído aquello de « Luxembourg trois points, Luxemburg
three points »? Efectivamente, ese país existe más
allá de Eurovisión. En el inquietante caso de que alguno
de ustedes esté pensando en visitarlo, he aquí algunas
informaciones que podrían ser de utilidad.
SUS
GENTES,
SU HISTORIA
Si,
por ejemplo, dispone de un fin de semana entero, sepa que le van a sobrar
algo más de dos días. Luxemburgo capital
acumula los inconvenientes de un pueblo y los inconvenientes de una ciudad,
pero sorprendentemente ninguna de sus ventajas. Destino ideal para suicidas
indecisos, viajar al pequeño Gran Ducado es como caer en el campo
gravitacional de un agujero negro del espacio. Fíjese y verá que
detrás de cada visillo no le quita ojo una anciana a punto de
llamar a la policía. Distinguirá a un verdadero luxemburgués
del 58% de extranjeros que, por un surtido de motivos, han decidido residir
allí por este inconfundible detalle: un luxemburgués nunca
desperdicia una ocasión para echar una bronca o dar una lección.
Además,
observará usted que los auténticos nativos
guardan un extraño parecido a la vez entre sí y al flaco
de El Gordo y el Flaco: ojos espantados, rostro enrojecido, pelos descoloridos… es
el fruto de una endogamia secular, característica de esta nación.
Si viaja en invierno, cosa recomendable porque gracias a la niebla es
cuando menos se ve, no se extrañe si todas las ancianas están
tocadas con un gorro de punto blanco idéntico, es una prestación
de la seguridad social luxemburguesa de obligado uso. Suelen conjuntarlo
con gabardinas beige y zapatos de cordones blancos, aunque estos últimos
no son obligatorios. El paraguas de estas damas luxemburguesas está cargado,
así que no se fíen de su aspecto frágil, ya que
la mayoría están prácticamente vivas y pueden atacar
en cualquier momento. En el caso de que alguien le trate bien, no dude
de que ha dado con uno de los 58.000 portugueses que allí viven,
más de una quinta parte de la población. Desde aquí les
exhorto fraternalmente a retornar a Iberia.
Más de un estudioso se pregunta qué habría sido
del Gran Ducado si las veleidades de la historia no hubieran querido
que en 1951 fuera elegido sede de la CECA (Comunidad Económica
del Carbón y del Acero), germen de la actual Unión Europea,
a cuyo calor el país pasó de ser zona minera en declive
y paraíso vacuno a paraíso fiscal. Es plausible la tesis
de que el país habría desaparecido devorado por las vacas
sin dejar rastro de su insignificancia.
CÓMO
LLEGAR (si aún le quedan ganas)
Si
llega en tren, en el polvoriento apeadero que hace las veces de estación
internacional podrá observar al borracho del país, que
en realidad es un funcionario municipal encargado de dar un aspecto humano
a la ciudad. Quizá haya leído que es en Luxemburgo donde
más se gasta en alcohol por habitante, pero en honor a la verdad
hay que decir que la estadística es falaz, ya que a diario franceses,
alemanes y belgas ahorran cruzando la frontera luxemburguesa para comprar
sus botellas y acto seguido, y con muy buen criterio, se vuelven a sus
países. Si, por el contrario, llega en coche, cuide de no aparcar
a menos de 50 cm. de las esquinas: los policías luxemburgueses
comprueban la exactitud de esta observancia metro en mano. Tampoco estacione
a más de 500 m del centro, ¡habría salido del país!
Si llega al aeropuerto de la señorita Pepis, tendrá ocasión
de admirar la flota de Luxair, que, aunque parece sacada de una tienda
de aeromodelismo, es de verdad, vuela de verdad y hasta el champagne
que regalan las azafatas es de verdad.
VISITAS
CULTURALES
Si
insiste en recorrer el centro peatonal, quizá se
tope con la troupe de músicos peruanos, igualmente a cargo de
las arcas del Estado, partida “Ambientación urbana”.
Una vez en la Plaza de Armas,
no busque más, ya lo ha visto
todo. Ha llegado el momento de la pausa gastronómica. Saque
el bocata que se haya llevado de su casa, porque no hay un solo sitio
que le pueda recomendar.
Si verdaderamente cree que debe haber algo de interés en un lugar
que, a fin de cuentas, es una capital europea, pruebe suerte con el flamante
edificio del Museo de Arte Moderno,
del misimímo Pei, el de la
pirámide del Louvre, o con el rojo puente
de Kirchberg.
Con sus 74 metros de salto, está protegido
por mamparas cóncavas que dificultan considerablemente el salto
al vacío, ya que las familias que habitan en el fondo del valle
sufrían constantes roturas de tejas y otras molestias. Lamentablemente,
hace ya un tiempo que se retiró el cartel informativo que rezaba: “Dispositif
antisuicide, Ville de Luxembourg”. Eso sí que se merecía
una foto. Este puente une la ciudad al barrio europeo, con instituciones
que a veces salen en el telediario, como su Tribunal de Justicia, su
Banco Europeo de Inversiones, su Tribunal de Cuentas, su Comisión
Europea, su Parlamento Europeo y su canesú, al amor de las cuales
han surgido los últimos años decenas de edificios ultramodernos
que dan a Luxemburgo un aspecto de país prácticamente
desarrollado.
También aquí se encuentra la piscina que,
a pesar de los planos, nunca pudo ser calificada de olímpica
porque incomprensiblemente le falta un centímetro para medir
los reglamentarios 50 m. En los verdes pastos circundantes, en primera
línea de vaca, tienen sus residencias muchos de los funcionarios
europeos, todos ellos, sin excepción, a la espera de un traslado
a Bruselas o a cualquier otro lugar del planeta azul, cualquiera, ¡por
favor!, menos Luxemburgo. Otros viven al otro lado del puente, en barrios
como Limpertsberg o Belair, de un color posguerra tono gris mina escalofriante
en su armonía.
Tampoco deje de visitar los bancos si
su idea es depositar dinero negro, principal atractivo turístico de Luxemburgo, donde el secreto
bancario está más que garantizado. El dinero, a diferencia
de las personas, se encuentra estupendamente en este país. También
en el plateau de Kirchberg hay actualmente un multicine, Utopolis,
que ha ampliado a dos las opciones de ocio de la población:
película o suicidio. La mayoría de sus habitantes intentan
en primer lugar agotar la cartelera.
Viajar a Luxemburgo es también la ocasión ideal para
no practicar sus conocimientos de francés o alemán: los
nativos destrozan ambas lenguas sin conmiseración. En cambio,
no hay otro lugar como éste si lo que quiere es adquirir soltura
en luxemburgués, dialecto degenerado del alemán que casi
toda la población expectora.
¿DE
COMPRAS?
En cuanto al shopping, mi consejo es que
evite a toda costa adquirir algo que pueda recordarle su viaje a este
micropaís.
Imagínese usted que se compra un poncho jipi, por ejemplo en
Zara, y que un día, ya recuperada de la experiencia gran ducal,
de repente se lo encuentra en un altillo. Sería contraproducente
revivir el trauma y recaer en las garras de ese pasado desquiciante.
Además, ningún dependiente querrá venderle nada.
Los lunes cierra el comercio y los desconsiderados que intentan comprar
algo de martes a sábado deben sufrir el mal humor y los peores
modos de los vendedores. ¡Como si ellos pusieran una tienda para
que la gente entre y salga, oiga! Si no tiene más remedio que
comprar algo para cambiar, elija algún vino
blanco del Mosela.
Hay quien dice que no son del todo pésimos.
NO
VISITE
La catedral de Nuestra
Señora de Luxemburgo, engendro neogótico
con toques modernos que todo amante del arte debe evitar.
El palacio gran ducal, edificio
originalmente de época y estilo
renacimiento español, que fue transformado en pastiche Exin
castillos a finales del siglo XIX por arquitectos oriundos.
El valle de la Petrousse, siniestro parque que divide la ciudad en
dos. Es recorrido por el tren de la bruja, que sortea en su trayecto
a los suicidas que saltan desde el viaducto Pont
Adolph.
Resumiendo, Luxemburgo es un destino que aúna los atractivos
de un campo de trabajo con el placer del masoquismo. Sus desabridas
gentes, su clima desapacible, su gastronomía flatulenta, hacen
de este pequeño país un gran castigo. Si tiene remordimientos,
o crisis existencial, si no sabe de qué árbol colgarse,
visite este Estado policial, patria y refugio de dementores (lean los
no iniciados Harry Potter). No olvidemos que esta tierra tiene al menos
el mérito de haber inspirado al poeta estos inolvidables versos:
“Y que yo me la llevé al río,
Pensando que era el Mosela,
Pero tenía marío… |
N. del A.:
Este reportaje no incluye fotografías de los lugares detallados para
no herir la sensibilidad de nadie.
Guía de Luxemburgo redactada por Willy Fog.

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